Am I not from here?
Museo Municipal Dámaso Arce, Olavarría
2021








In his works, Demarco recovers the highly ornate style of local silversmithing. But it departs from the traditional and the established with creativity and audacity, always putting the stamp of our time. Thus recreating a legacy of which we, the people of Olavarría, feel very proud; it resignifies it and relaunches it with a message that allows it to reach new audiences, crossing territorial and intergenerational barriers.
Valentín Demarco's creations are above all the product of thinking and reflecting on himself and his surroundings. It reflects the views, concerns and desires of the artist and does so, consciously and unconsciously, from his place in the world. It cannot be denied that in him, the place that evokes his sense of belonging is the pampas and, particularly, Olavarría and its baroque silver tradition. But it is also the community of artisans where he began his training and, even more so, his family, his affections, his intimate environment where he discovered the sense of aesthetics and defined his vocation early.
In recent years he has been able to test ways to revitalize local silversmithing, in an imaginative and disruptive way, taking the artisanal craft to another dimension, one that allows it to rub shoulders on equal terms with contemporary art, transcending the local level to project itself to the national and international stage. An enormous challenge that rewards him with an appreciable value of authenticity.
María Luz Endere








Lo nuevo es lo olvidado
En la pared del taller de platería de mi viejo que da a la "calle de los picapedreros" en Sierra Chica, apoyado sobre un histórico torno a pedal hay un cuadrito que el Vale le regaló a su maestro cuando estudiaba en la escuela de orfebrería. Es un dibujo hecho en lápiz grafito por él en algún momento de los primeros años de los dosmil. En la imagen una mujer joven en el interior de una habitación practica con una guitarra eléctrica conectada a un ampli y unos pedales. Sobre un costado un mono, que parece ser su compañero de vida más que la mascota, la observa y escucha. El desorden del cuarto, la ropa sucia tirada sobre las muchas guitarras, la actitud descontracturada, refuerzan el momento íntimo de los dos personajes. Pero un detalle sobresaliente destaca ese carácter del dibujo. La joven aprieta el pedal de la distorsión pisándolo con una prótesis que reemplaza su pierna amputada. Y ha elegido, de la variada colección de piernas de plástico que se ven en el fondo, la más fea, la menos glamorosa. Las otras, decoradas con el ornato florentino ensayado por Vale en las clases de dibujo de la escuela de orfebrería, quedaban reservadas para shows y ocasiones especiales. La prótesis de entrecasa era, sin duda, la más cómoda para ese momento bizarro y hogareño.
Cada vez que vuelvo al taller de Sierra Chica a revolver entre herramientas y cajas viejas, el cuadrito me detiene unos minutos a ratificarme una sospecha: desde muy pibe Valentín buscó a través de la plástica por lugares nada comunes. Siempre fue así. No dibujó Powers Rangers. Se valió de su imaginación, de su humor picante, de sus propias experiencias y de los primeros conocimientos de un oficio (aunque pueda parecer contradictorio) tradicional, para crear un mundo propio, acercándose a las líneas que trazan las zonas de circulación y normalizan nuestras vidas y hacer el intento de moverlas un poquito o, por lo menos, identificar sus fisuras. Y trabajar ahí. Filtrarse como el agua. Molestar. Romper las bolas. Buscar la falla es lo que atraviesa toda la obra de Valentín. "El arte no es para conformar, es para discutir, para confrontar", pareció intuir desde muy chiquito.
Y si hago un viaje directo desde esos dibujos de la infancia hasta los laburos de hoy encuentro completamente otros temas, pero descubro el mismo espíritu irreverente, aumentado. Mejorado, como el tiempo con el vino. Como el vino con los años. A poco de arrancar la carrera de Bellas Artes, ese gusto por los bordes lo llevó a identificar y mirar con atención la franja abismal que separa al arte contemporáneo de la cultura criolla. Y a levantar su rancho justo en el medio, relamiéndose con la idea de fertilizar ese terreno árido y desconocido. Hacer arte desde el desierto, alejado de los centros de producción hegemónicos. Emulsionar esos mundos es, desde hace varios años, su obsesión.
En las obras de 2012 hasta 2015 se vuelca de lleno a indagar el imaginario criollo y la gauchesca a través del lenguaje propio del arte conceptual y sus herramientas constitutivas (video, instalación, performance). Creando un puente al espectador, haciéndolo parte integral, priorizando las ideas, poniendo el foco en la concepción de las obras y moviendo del centro los componentes formales, visuales, estéticos, decorativos, del arte clásico/tradicional, produjo obras como "Dan Flavin, radiografía de la pampa”, "El arte contemporáneo al sur del Salado”, "Regionales Minimal”, por sólo citar algunas de esta primer etapa.
En 2015 empieza, de a poco, a incluir la platería en las obras. Quizá por una necesidad de reencontrarse con el trabajo manual, de volver a sentir al metal transformándose junto a él, de experimentar el calor extático del crisol en la cara o porque notó que "lo artesanal" iba un poco a contramano en el ambiente, que hacer arte conceptual a martillazos, con manos curtidas, con olor a lacre era, acaso, repugnante o, al menos, desubicado para el sofisticado mundo "Untitled”. Por todo junto, me la juego, Valentín siguió inmiscuyéndose con sus formas gauchas entre la asepsia de las galerías de arte, pero esta vez de una manera aún más original. La Platería Olavarriense, el antiguo oficio tradicional, es "su" herramienta plástica inherente a la cultura criolla y tal vez el germen de esa pasión que después alimentó con literatura del género. Y había quedado en algún rincón, como esperando ayudarlo, justo, con lo que quería decir. Cómo no usarla. "Lo nuevo es lo olvidado" me animo a rotular ese hallazgo. ¿Muy filosófico para este texto profano? Puede ser. Todas las canciones ya fueron escritas. Nadie inventa nada.
En ese mismo sentido nuestra platería con su estilo distintivo, una vez más y ahora más que nunca, vuelve a licuar las fronteras que separan a la artesanía del arte. Es el patrimonio cultural vivo, tal vez más representativo fuera de la ciudad, cada vez más legitimado dentro del ámbito de la tradición, pero que hoy, además, arrastra su caudal al centro del arte contemporáneo, convirtiéndose en el soporte de una expresión (desde mi visión, igualita a la de Ana, a través de cristales de plata ornamentados) nueva y radiante de la plástica. "Lo nuevo es lo olvidado" vuelvo a decir pulverizando, si quedaba, alguna pretensión de estudio detallado y objetivo. Del análisis minucioso de las obras se encargan un montón de artículos y ensayos en páginas especializadas como "www.noseentiendenadaestechamullo.com" y otras similares.
Hagamos un intento más. La situación amerita. Hoy Valentín Demarco inaugura “¿No soy de aquí?” en el Museo Dámaso Arce de Olavarría. Templo local de platería y arte contemporáneo, escenario perfecto (por razones directas) para la ocasión. Es su primera muestra individual, por fin, en nuestra ciudad. Chusmiemos un toque adentro por lo menos algo, que todavía no anda nadie.
“Mi puñado de esplín”
En una primera impresión, cuando te encontrás frente a esta obra, una sensación de falta de significado o emoción domina la sala. A la distancia no se ve rastro de humanidad. Predomina la inmensa blancura de la pared. Sobre ella una cuadrícula de puntos metálicos ordenados simétricamente que cubre toda la longitud, controla de forma extraña el espacio, alterándolo intencionalmente, como volviéndolo parte de su argumento. La totalidad se puede abarcar de forma inmediata, en una primer mirada y nos parece estar ante a una típica obra minimalista. Austera, sencilla, pura, todo se ha reducido a lo esencial. Sin embargo, al avanzar unos pasos, se empieza a notar que los puntos son, en realidad, pequeños objetos distintos, que no están seriados ni prefabricados. Y en el acercamiento obligado a centímetros se descubren medallitas originales de bronce, hechas a mano, caladas, batidas, cinceladas, con detalle de lupa, distintas cada una de la otra. Todas con su singularidad perfectamente revelada. Decenas, cientos. Son dijes del tipo exvotos. Son, acaso, la materialización de alguna promesa, el pago por un milagro concedido, un sacrificio en agradecimiento. Mil deseos. Imágenes que provienen de un pacto, de algo que se promete realizar a un ser superior al cumplirse un favor pedido. De anhelos profundos, antojos. Los exvotos estuvieron presentes en todas las culturas de América latina con formas distintas dependiendo de las características religiosas de cada país. En el nuestro, hasta mediados del siglo XX, fueron dijes obsequiados a la virgen y los santos. Representaciones que hablan del mundo al que pertenece el oferente, del plano espacio-temporal por el que transita, de la vida, los miedos, de la importancia del deseo individual o grupal. Los exvotos de Valentín figuran recuerdos, fantasías, experiencias vividas, angustias, coronavirus, pero también hacen encargos inmediatos que ayuden a aliviar o distraer la melancolía existencial, piden ropa, redes sociales, marcas, sexo, atención, músculos. Elementos propios de nuestra época, de la ansiedad provocada por la cultura de consumo y su publicidad. Quiero petes, quiero likes, quiero pista, quiero vistas.
En unos pasos la obra transmuta. Con una maniobra ilusionista te atrapa en su ficción, de la inconmovible sala cuadriculada y blanca, cruzaste sin querer sumido en una quimera, al ritual y la devoción. De la idea, al detalle y la manufactura. De la abstracción, al simbolismo. Y para conseguirlo, entre otros artilugios, se atomizan las superficies, despliegan, separan y reordenan las formas de la Platería Olavarriense. En la obra hay tantas imágenes y tan cargadas de sentido extravagante, de intención de mostrar las pasiones internas, de espiritualidad supersticiosa, de contradicción y de exceso de detalle, como en los trabajos de Arce pero ocupando, equidistantes en el plano, un muro entero y con temas de nuestro mundo. ¡1000 representaciones! en la misma obra. Ni más, ni menos.
¿Minimalismo barroco? Suena tan ridículo que da risa. Pero existe. Valentín traza puentes imposibles.
La muestra nos deja los anteojos de plata puestos, al revés que en una película 3D, éstos van a la salida de la sala. Y te inducen a descubrir a Olavarría y a nosotros mismos, desde esa mirada propia, a través del patrimonio cultural de la ciudad más distintivo.
Desde su rancho aparte Valentín Demarco pensó todo esto sin dejar de repartir para las dos orillas que confinan su parcela, como aquel día que llenó de olor a grasa y humo las pilchas caras en la Galería "Diagonal" con la obra "Indio vago, gaucho matrero, artista contemporáneo" aparente escultura minimalista que venía con regalo. De un metro cúbico hecha con caño estructural blanco impoluto y listones de madera, la desarmó durante la exposición para convertirla en parrilla y leña para cocinar choripanes a todos y todas. En 2014. O cuando enfureció al tradicionalismo (que poco le queda de tradición/tradicional) con la obra "Cuchillo y tanga haciendo juego" en el "9° encuentro de plateros" el año pasado. ¿En ésta habrá sorpresa?
Falta muy poquito pa’ que empiece. Shhhh! ¿Escuchás como el rasgueo lejano de una vihuela endiablada? Llegó la hora de Valentín Platero.
Cuentan de un gaucho matrero
Que al cabo de algunos años
Supo juntar algo extraño.
Con manos curtidas y ampollas
Unió la cultura criolla
Al arte contemporáneo.
¡Salú!
Pablo Ferreira
Photo credit: Santiago Orti
Am I not from here?
Museo Municipal Dámaso Arce, Olavarría
2021








In his works, Demarco recovers the highly ornate style of local silversmithing. But it departs from the traditional and the established with creativity and audacity, always putting the stamp of our time. Thus recreating a legacy of which we, the people of Olavarría, feel very proud; it resignifies it and relaunches it with a message that allows it to reach new audiences, crossing territorial and intergenerational barriers.
Valentín Demarco's creations are above all the product of thinking and reflecting on himself and his surroundings. It reflects the views, concerns and desires of the artist and does so, consciously and unconsciously, from his place in the world. It cannot be denied that in him, the place that evokes his sense of belonging is the pampas and, particularly, Olavarría and its baroque silver tradition. But it is also the community of artisans where he began his training and, even more so, his family, his affections, his intimate environment where he discovered the sense of aesthetics and defined his vocation early.
In recent years he has been able to test ways to revitalize local silversmithing, in an imaginative and disruptive way, taking the artisanal craft to another dimension, one that allows it to rub shoulders on equal terms with contemporary art, transcending the local level to project itself to the national and international stage. An enormous challenge that rewards him with an appreciable value of authenticity.
María Luz Endere








Lo nuevo es lo olvidado
En la pared del taller de platería de mi viejo que da a la "calle de los picapedreros" en Sierra Chica, apoyado sobre un histórico torno a pedal hay un cuadrito que el Vale le regaló a su maestro cuando estudiaba en la escuela de orfebrería. Es un dibujo hecho en lápiz grafito por él en algún momento de los primeros años de los dosmil. En la imagen una mujer joven en el interior de una habitación practica con una guitarra eléctrica conectada a un ampli y unos pedales. Sobre un costado un mono, que parece ser su compañero de vida más que la mascota, la observa y escucha. El desorden del cuarto, la ropa sucia tirada sobre las muchas guitarras, la actitud descontracturada, refuerzan el momento íntimo de los dos personajes. Pero un detalle sobresaliente destaca ese carácter del dibujo. La joven aprieta el pedal de la distorsión pisándolo con una prótesis que reemplaza su pierna amputada. Y ha elegido, de la variada colección de piernas de plástico que se ven en el fondo, la más fea, la menos glamorosa. Las otras, decoradas con el ornato florentino ensayado por Vale en las clases de dibujo de la escuela de orfebrería, quedaban reservadas para shows y ocasiones especiales. La prótesis de entrecasa era, sin duda, la más cómoda para ese momento bizarro y hogareño.
Cada vez que vuelvo al taller de Sierra Chica a revolver entre herramientas y cajas viejas, el cuadrito me detiene unos minutos a ratificarme una sospecha: desde muy pibe Valentín buscó a través de la plástica por lugares nada comunes. Siempre fue así. No dibujó Powers Rangers. Se valió de su imaginación, de su humor picante, de sus propias experiencias y de los primeros conocimientos de un oficio (aunque pueda parecer contradictorio) tradicional, para crear un mundo propio, acercándose a las líneas que trazan las zonas de circulación y normalizan nuestras vidas y hacer el intento de moverlas un poquito o, por lo menos, identificar sus fisuras. Y trabajar ahí. Filtrarse como el agua. Molestar. Romper las bolas. Buscar la falla es lo que atraviesa toda la obra de Valentín. "El arte no es para conformar, es para discutir, para confrontar", pareció intuir desde muy chiquito.
Y si hago un viaje directo desde esos dibujos de la infancia hasta los laburos de hoy encuentro completamente otros temas, pero descubro el mismo espíritu irreverente, aumentado. Mejorado, como el tiempo con el vino. Como el vino con los años. A poco de arrancar la carrera de Bellas Artes, ese gusto por los bordes lo llevó a identificar y mirar con atención la franja abismal que separa al arte contemporáneo de la cultura criolla. Y a levantar su rancho justo en el medio, relamiéndose con la idea de fertilizar ese terreno árido y desconocido. Hacer arte desde el desierto, alejado de los centros de producción hegemónicos. Emulsionar esos mundos es, desde hace varios años, su obsesión.
En las obras de 2012 hasta 2015 se vuelca de lleno a indagar el imaginario criollo y la gauchesca a través del lenguaje propio del arte conceptual y sus herramientas constitutivas (video, instalación, performance). Creando un puente al espectador, haciéndolo parte integral, priorizando las ideas, poniendo el foco en la concepción de las obras y moviendo del centro los componentes formales, visuales, estéticos, decorativos, del arte clásico/tradicional, produjo obras como "Dan Flavin, radiografía de la pampa”, "El arte contemporáneo al sur del Salado”, "Regionales Minimal”, por sólo citar algunas de esta primer etapa.
En 2015 empieza, de a poco, a incluir la platería en las obras. Quizá por una necesidad de reencontrarse con el trabajo manual, de volver a sentir al metal transformándose junto a él, de experimentar el calor extático del crisol en la cara o porque notó que "lo artesanal" iba un poco a contramano en el ambiente, que hacer arte conceptual a martillazos, con manos curtidas, con olor a lacre era, acaso, repugnante o, al menos, desubicado para el sofisticado mundo "Untitled”. Por todo junto, me la juego, Valentín siguió inmiscuyéndose con sus formas gauchas entre la asepsia de las galerías de arte, pero esta vez de una manera aún más original. La Platería Olavarriense, el antiguo oficio tradicional, es "su" herramienta plástica inherente a la cultura criolla y tal vez el germen de esa pasión que después alimentó con literatura del género. Y había quedado en algún rincón, como esperando ayudarlo, justo, con lo que quería decir. Cómo no usarla. "Lo nuevo es lo olvidado" me animo a rotular ese hallazgo. ¿Muy filosófico para este texto profano? Puede ser. Todas las canciones ya fueron escritas. Nadie inventa nada.
En ese mismo sentido nuestra platería con su estilo distintivo, una vez más y ahora más que nunca, vuelve a licuar las fronteras que separan a la artesanía del arte. Es el patrimonio cultural vivo, tal vez más representativo fuera de la ciudad, cada vez más legitimado dentro del ámbito de la tradición, pero que hoy, además, arrastra su caudal al centro del arte contemporáneo, convirtiéndose en el soporte de una expresión (desde mi visión, igualita a la de Ana, a través de cristales de plata ornamentados) nueva y radiante de la plástica. "Lo nuevo es lo olvidado" vuelvo a decir pulverizando, si quedaba, alguna pretensión de estudio detallado y objetivo. Del análisis minucioso de las obras se encargan un montón de artículos y ensayos en páginas especializadas como "www.noseentiendenadaestechamullo.com" y otras similares.
Hagamos un intento más. La situación amerita. Hoy Valentín Demarco inaugura “¿No soy de aquí?” en el Museo Dámaso Arce de Olavarría. Templo local de platería y arte contemporáneo, escenario perfecto (por razones directas) para la ocasión. Es su primera muestra individual, por fin, en nuestra ciudad. Chusmiemos un toque adentro por lo menos algo, que todavía no anda nadie.
“Mi puñado de esplín”
En una primera impresión, cuando te encontrás frente a esta obra, una sensación de falta de significado o emoción domina la sala. A la distancia no se ve rastro de humanidad. Predomina la inmensa blancura de la pared. Sobre ella una cuadrícula de puntos metálicos ordenados simétricamente que cubre toda la longitud, controla de forma extraña el espacio, alterándolo intencionalmente, como volviéndolo parte de su argumento. La totalidad se puede abarcar de forma inmediata, en una primer mirada y nos parece estar ante a una típica obra minimalista. Austera, sencilla, pura, todo se ha reducido a lo esencial. Sin embargo, al avanzar unos pasos, se empieza a notar que los puntos son, en realidad, pequeños objetos distintos, que no están seriados ni prefabricados. Y en el acercamiento obligado a centímetros se descubren medallitas originales de bronce, hechas a mano, caladas, batidas, cinceladas, con detalle de lupa, distintas cada una de la otra. Todas con su singularidad perfectamente revelada. Decenas, cientos. Son dijes del tipo exvotos. Son, acaso, la materialización de alguna promesa, el pago por un milagro concedido, un sacrificio en agradecimiento. Mil deseos. Imágenes que provienen de un pacto, de algo que se promete realizar a un ser superior al cumplirse un favor pedido. De anhelos profundos, antojos. Los exvotos estuvieron presentes en todas las culturas de América latina con formas distintas dependiendo de las características religiosas de cada país. En el nuestro, hasta mediados del siglo XX, fueron dijes obsequiados a la virgen y los santos. Representaciones que hablan del mundo al que pertenece el oferente, del plano espacio-temporal por el que transita, de la vida, los miedos, de la importancia del deseo individual o grupal. Los exvotos de Valentín figuran recuerdos, fantasías, experiencias vividas, angustias, coronavirus, pero también hacen encargos inmediatos que ayuden a aliviar o distraer la melancolía existencial, piden ropa, redes sociales, marcas, sexo, atención, músculos. Elementos propios de nuestra época, de la ansiedad provocada por la cultura de consumo y su publicidad. Quiero petes, quiero likes, quiero pista, quiero vistas.
En unos pasos la obra transmuta. Con una maniobra ilusionista te atrapa en su ficción, de la inconmovible sala cuadriculada y blanca, cruzaste sin querer sumido en una quimera, al ritual y la devoción. De la idea, al detalle y la manufactura. De la abstracción, al simbolismo. Y para conseguirlo, entre otros artilugios, se atomizan las superficies, despliegan, separan y reordenan las formas de la Platería Olavarriense. En la obra hay tantas imágenes y tan cargadas de sentido extravagante, de intención de mostrar las pasiones internas, de espiritualidad supersticiosa, de contradicción y de exceso de detalle, como en los trabajos de Arce pero ocupando, equidistantes en el plano, un muro entero y con temas de nuestro mundo. ¡1000 representaciones! en la misma obra. Ni más, ni menos.
¿Minimalismo barroco? Suena tan ridículo que da risa. Pero existe. Valentín traza puentes imposibles.
La muestra nos deja los anteojos de plata puestos, al revés que en una película 3D, éstos van a la salida de la sala. Y te inducen a descubrir a Olavarría y a nosotros mismos, desde esa mirada propia, a través del patrimonio cultural de la ciudad más distintivo.
Desde su rancho aparte Valentín Demarco pensó todo esto sin dejar de repartir para las dos orillas que confinan su parcela, como aquel día que llenó de olor a grasa y humo las pilchas caras en la Galería "Diagonal" con la obra "Indio vago, gaucho matrero, artista contemporáneo" aparente escultura minimalista que venía con regalo. De un metro cúbico hecha con caño estructural blanco impoluto y listones de madera, la desarmó durante la exposición para convertirla en parrilla y leña para cocinar choripanes a todos y todas. En 2014. O cuando enfureció al tradicionalismo (que poco le queda de tradición/tradicional) con la obra "Cuchillo y tanga haciendo juego" en el "9° encuentro de plateros" el año pasado. ¿En ésta habrá sorpresa?
Falta muy poquito pa’ que empiece. Shhhh! ¿Escuchás como el rasgueo lejano de una vihuela endiablada? Llegó la hora de Valentín Platero.
Cuentan de un gaucho matrero
Que al cabo de algunos años
Supo juntar algo extraño.
Con manos curtidas y ampollas
Unió la cultura criolla
Al arte contemporáneo.
¡Salú!
Pablo Ferreira
Photo credit: Santiago Orti
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